jueves, 6 de diciembre de 2012

Pelucas y trajes extravagantes




A propósito del juicio en La Haya, arrancándole a la argumentación de las partes, choqué con la pregunta sobre el destino de las fronteras. En la lógica del Estado-Nación, tal como lo conocemos, la lucha por el territorio es determinante. Las filosofías cambian mucho más rápidamente que la geografía. Casi toda la riqueza de Chile se la debemos a la conquista de un desierto. Entonces se peleó por el salitre, en unos terruños que resultaron estar preñados de cobre. Un presidente que pierde territorio, en este ya viejo estado de cosas, se gana una mancha en los textos de historia. ¿Y si mañana hubiera petróleo en esas aguas del norte? ¿O minas de diamantes bajo el musgo? Pensar el final de las fronteras, sin embargo, nada tiene que ver con ceder los territorios a trocha y mocha; significa ir más allá de las contiendas presentes, hacia una posibilidad cada día menos remota. La web no respeta límites fronterizos. La fuerza por descentralizar, lleva implícito el debilitamiento del poder nacional.
Las grandes empresas transnacionales tienen mayor injerencia en las decisiones mundiales que Estados como el nuestro. Y así sucesivamente. En las últimas semanas, de casualidad, me han salido al paso dos agoreros de la muerte del tipo de Estado que conocemos. En Cádiz, donde se realizó el último congreso iberoamericano de presidentes, en una reunión con periodistas, Felipe González volvió a referirse al problema de la gobernanza en un mundo globalizado. Cómo administrar esa multitud de nuevos problemas que no respetan fronteras. A Felipe, como le dicen los españoles, desde la experiencia de las alturas del poder, le preocupa ese espacio liberado a los piratas, ante los que un gobierno nacional queda inerme.
En el sentido inverso, de abajo hacia arriba, la crisis de representatividad política ha ido incluso más allá de occidente. La distancia entre la plebe y sus tribunos, en la misma medida en que se acorta, ha puesto en evidencia lo fría que está la relación. Según Gabriel Salazar, el actual Estado-Nación podría ser reemplazado por una suma de organizaciones menores, por gobiernos en los que virtualmente todos alcancen un alto nivel de participación. De eso hablamos en el hall del Hotel Hilton de Guadalajara, entonces convertido en un boulevar de intelectuales. Los gobiernos nacionales estarían siendo el jamón del sándwich entre una comunidad organizada y un poder global que los supere.
Si acaso es verdad que hacia allá vamos -sepa Dios- deberán replantearse las fronteras. Habrán sido las complejidades de la modernidad y no los mega proyectos revolucionarios quienes consigan levantar las, por momentos, incomprensibles barreras que separan un país de otro. Mientras tanto, en La Haya, representantes de La Moneda y del Palacio Pizarro, entre pelucas y trajes extravagantes, en un ambiente, imagino, ni tan distinto al del tratado de Tordesillas, deciden por dónde pasará la línea de mar que divida ilusamente las aguas y, en lo concreto, hasta dónde pueden llegar los ejércitos del vecino.

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