viernes, 18 de enero de 2013

El extraño caso de los perros asesinos en México



Vía El País

En la parte baja del Cerro de la Estrella hay un cementerio, y a un lado del cementerio, pasada una barranquilla maloliente donde desembocan aguas fecales, hay un asentamiento ilegal de casas pobres. Uno de los vecinos explica a los periodistas que cada fin de mes unos individuos suben al anochecer a la cima del monte –donde están los restos de una pirámide, que ahora funcionan como un mirador– y allá arriba sacrifican animales y tocan un tambor y hacen sonar un cuerno. Con él está un chico que se come una manzana sin hablar demasiado y que al final opina que lo de los muertos debe de ser cosa de “mariguanos”, como se le llama en México a los que fuman hierba. En un país que desconfía por norma de la versión oficial, la aparición de seres humanos devorados por perros es un convite a la elucubración.
Esta semana se ha sabido que entre el 17 de diciembre y el 4 de enero aparecieron cinco cadáveres con mordeduras caninas en el Cerro de la Estrella de Iztapalapa, la delegación más poblada y con más crímenes de la Ciudad de México. Las víctimas: una pareja de novios (ella 15 y él 16); una mujer de 26 y su niño de un año y ocho meses; y otra adolescente de 15 años. La policía ha hecho una batida en la colina y ha capturado a más de cincuenta perros de aspecto famélico. De acuerdo con las explicaciones de la fiscalía de la capital, las muertes se deben a los ataques de una jauría asilvestrada y en los cuerpos no hay ni rastro de la mano del hombre.
En esta época del año el Cerro de la Estrella es una colina reseca y polvorienta. En un camino de entrada al monte vive con su familia una mujer que pide que no se la identifique por su nombre, pero que luego se deja grabar por una cámara. Su casa es una chabola de madera. Dice que allí no hay perros salvajes y que los que ha capturado la policía son domésticos, uno de ellos el suyo, de nombre Chingordoño. “Es blanco y trae como mocha [mellada] una orejita”. Un poco más arriba hay una explanada con un tenderete montado con planchas de metal en el que, según un señor que guía a los reporteros, se venden droga y alcohol los fines de semana. En el grupo que recorre el monte va Enrique Martínez, hermano de uno de los muertos, Samuel Martínez, el chico de 16 años que apareció carcomido junto a su novia. Enrique tiene 24 años y es enfermero. Avanza callado por los caminos del Cerro de la Estrella llenándose de polvo sus zapatos de vestir. Desde que se supo del caso él ha salido en los medios diciendo una y otra vez que no se cree que a su hermano lo mataran unos perros. Dice que vio el cadáver de su hermano y que en una oreja tenía un corte como de cuchillo. Dos o tres horas más tarde Enrique Martínez lleva a los reporteros a casa de su familia. Las mujeres de la casa les sirven refrescos: sprite y coca-cola en botellas de dos litros. En una habitación otro hermano de la víctima dice delante de una cámara de televisión que sabe de un superviviente de los ataques que le confesó que los agresores no eran perros sino personas con machetes. En casa de la familia Martínez son seis, y tienen tan poco espacio que han sustituido el sofá para ver la tele por cinco sillas de cocina que ocupan menos.

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